“Esta lluvia que ciega los cristales. Alegrará en perdidos arrabales Las negras uvas de una parra en cierto patio que
ya no existe.”
La lluvia- Jorge L
Borges.
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Te abrigaste con la gabardina azabache que estaba sobre tu cama y te apresuraste
para bajar a la calle.
Sentir el seco y gélido aire de invierno hace que se te erice la piel, frunces el seño sin disimulación alguna para ocultar tu molestia, pero no es el frío en si lo que te incomoda, es el invierno.
No la estación del año, en donde todo se vuelve de un monótono gris y huele a tierra mojada de lluvia, donde todo es gélido e impávido. No es ése el invierno que odias, si no él otro.
Él invierno que odias es el que se cala en tus huesos y se hunde en lo más profundo de tu alma, trayendo lluvia y viento, impregnada con olor a tierra de guerra y soldados caídos que arrastran lágrimas desesperadas de melancolía y terror. Melancolía por lo sucedido, de lo vivido y de lo no vivido, de aquellas palabras, acciones y gestos que se clavan profundo en el alma; y terror, terror de lo que no se hizo a tiempo por alguna burda razón, de eso que se quiere hacer en ese mismo momento pero que no se puede hacer porque es tarde y no es el lugar, esa necesidad que se siente obligación de volver el tiempo atrás, y valorar, sentir y apreciar más lento lo perdido, ese terror que se siente por perderlo y no encontrarlo jamás.
Te giras sobre tus tobillos y sus ojos, esas orbes de un azul que se puede llegar a confundir con violeta, te observan tan cautelosamente como el día en que la conociste, solo que hoy en esos ojos hay nostalgia y añoranza. Miles y miles de momentos caen como una cascada en tu mente; esos recuerdos algunos rebosantes de risas, carcajadas que aun hasta el día de hoy son cómicas, otros no, otros están llenos de tristeza, días grises que en su tiempo se sintieron fatales, pero valieron la pena porque hoy dejan algo más que tristeza o alegría, dejan un algo. Algo que te hace más fuerte, porque aquel alejado día en que te chocaste por casualidad con ella, fue el día en que todo tu mundo se apago y se volvió a encender, y comenzó a girar desde cero. Porque desde aquella vez en que sus caminos se cruzaron, supiste que eso no fue por casualidad y que no era la primera vez que se habían conocido, así que si solo ambos los desean algún día, en algún momento sus caminos se volverían a cruzar.
Quizás algún día, cuando menos te lo esperes, ella llegara con la luz y el calor del sol, llevándose el frio invierno, trayendo una brisa con perfume a jazmín. Rescatándote de la oscuridad más profunda y ella llegará con la luz de la luna blanca secando la lluvia a su paso, como aquella vez, como siempre lo hizo.
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